Efectos purificadores de la palabra de Dios
 
Por Derek Prince

La limpieza

    Un gran efecto de la palabra de Dios es limpiar y santificar. El texto clave es Efesios 5:25-27: Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.

    Hay varios punto importantes en este pasaje que merecen atención.

    Observe, primero, que los dos preocesos de limpieza y santificación están estrechamente unidos. Sin embargo, aunque estos están íntimamente relacionados, no son idénticos.

    La distinción entre ellos es ésta: lo que está ciertamente santificado, tiene por necesidad que estar absolutamente puro y limpio; pero lo que es puro y limpio no es menester que esté santificado en toda la extensión de la palabra. Dicho de otra forma: es posible tener pureza, o limpieza, sin santificación, pero no es posible la santificación sin la pureza, o la limpieza.

    Por consiguiente, la limpieza es una parte esencial de la santificación, pero no lo es todo. Más adelante en este estudio examinaremos más de cerca el significado exacto de la palabra santificación.

    Volviendo a Efesios 5 observe, segundo, que el propósito definido y principal por el cual Cristo redimió a su Iglesia es para santificarla, habiéndola purificado (v.26).

    Es decir, que el propósito de la muerte expiatoria de Cristo por la Iglesia en general, y por cada individuo cristiano en particular, no se logra hasta cuando los que son redimidos por su muerte hayan pasado por un subsecuente proceso de limpieza y santificación. Está bien claro que sólo los cristianos que han pasado por este proceso estarán en la condición necesaria para presentarse finalmente a Cristo como su novia; y la condición que él especifica es la de una Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante…santa y sin mancha (v.27).

    El tercer punto que observar en este pasaje es que el medio del que se valió Cristo para limpiar y santificar la Iglesia es el lavamiento del agua por la palabra (v.26). El medio de santificar y limpiar es la palabra de Dios; respecto de esto la obra de la palabra de Dios se compara con el lavamiento del agua pura.

    Incluso antes que la muerte expiatoria de Cristo en la cruz se hubiese consumado en realidad, él ya había asegurado a sus discípulos del poder limpiador de la palabra, que él les había hablado: Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado (Juan 15:3).

    Vemos, por lo tanto, que la palabra de Dios es un agente divino de limpieza espiritual, comparado en esta operación, con el lavamiento del agua pura.

    Junto a la palabra, también tenemos que colocar al otro agente de limpieza espiritual a que se refiere el apóstol Juan: Si andamos en la luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado (1 Juan 1:7).

    Aquí Juan habla del poder limpiador de la sangre de Cristo, derramada en la cruz, para redimirnos del pecado.

    La provisión de Dios para la limpieza espiritual siempre incluye estos dos agentes divinos: la sangre de Cristo derramada en la cruz el lavamiento con el agua de su palabra. Ninguno está completo sin el otro. Cristo nos redimió con su sangre para poder limpiarnos y santificarnos con su palabra.

    Juan coloca estas dos grandes obras de Cristo asociándolas de la forma más íntima. Hablando de Cristo, dice: Este es Jesuscristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad (1 Juan 5:6).

    Declara que Cristo no es sólo el gran Maestro que vino a exponer la verdad de Dios a los hombres: sino que también es el gran Salvador que vino a derramar su sangre para redimir a los hombres de sus pecados. En cada caso es el Espíritu Santo que da testimonio de la obra de Cristo; de la verdad y la autoridad de su palabra, y de los méritos y poder de su sangre.

    Juan nos enseña, por consiguiente, que nunca podemos separar estos dos aspectos de la obra de Cristo. Jamás podemos separar al Maestro del Salvador, ni al Salvador del Maestro.

    No es suficiente aceptar las enseñanzas de Cristo en la palabra sin aceptar y experimentar también el poder de su sangre para redimirnos y para limpiarnos del pecado. Por otra parte, quienes reclaman la redención mediante la sangre de Cristo tienen que someterse habitualmente de ahí en adelante a la limpieza interna de su palabra.

    Hay varios pasajes en el Antiguo Testamento relativos a las ordenanzas para los sacrificios que fijan, como tipo, y la estrecha asociación entre la limpieza por la sangre de Cristo y la limpieza por su palabra. Por ejemplo, en las ordenanzas del tabernáculo de Moisés leemos que Dios ordenó que se colocara una pila de bronce con agua limpia cerca del altar de bronce del sacrificio, para usarse regularmente junto con éste: Y el Señor habló a Moisés diciendo: "Harás también una pila de bronce, con su base de bronce, para lavatorio; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás agua en ella. Y con ella se lavarán las manos y los pies Aarón y sus hijos. Al entrar en la tienda de reunión, se lavarán con agua para que no mueran; también cuando se acerquen al altar a ministrar para quemar una ofrenda encendida al Seños. Y se lavarán las manos y los pies para que no mueran; y será estatuto perpetuo para ellos, para Aarón y su descendencia, por todas sus generaciones" (Exodo 30:17-21).

    Si aplicamos esta figura al Nuevo Testamento, el sacrificio sobre el altar de bronce habla de la sangre de Cristo derramada en la cruz para la redención del pecado; el agua en la pila hable de la limpieza espiritual frecuente que sólo podemos recibir mediante la palabra de Dios. Cada uno de ellos por igual es esencial para el bienestar eterno de nuestra alma. Lo mismo que Aarón y sus hijos, tenemos que recibir frecuentemente los beneficios de ambos, "para que no muramos."

La santificación

    Después de haber observado el proceso de limpieza mediante la palabra de Dios, prosigamos a considerar el otro proceso de la santificación.

    Primero debemos examinar brevemente el significado de esta palabra santificación. La terminación "ificación" es común en muchas palabras y siempre denota la acción de algo que se hace. Por ejemplo: clarificación denota la "acción de clarificar"; rectificación la "acción de rectificar o enderezar; purificación expresa la" acción y efecto de purificar o purificarse; y así por el estilo. La raíz de la palabra santificación es una derivación directa del término santo; Santo a su vez es otra forma de decir "sagrado."

    Por consiguiente, el significado literal de santificación es la "acción y efecto de hacer santo o sagrado."

    El Nuevo Testamento menciona cinco agentes distinto relacionados con la santificación: 1) el Espíritu de Dios, 2) la palabra de Dios, 3) el altar, 4) la sangre de Cristo y 5) nuestra fe. A continuación están los principales pasajes que mencionan estos varios agentes de la santificación:..Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad (2 Tesalonicenses 2:13).

    Pedro les dice a los cristianos que ellos son…elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo (1 Pedro 1:2).

    Así que, tanto Pablo como Pedro mencionan la "santificación por [o del] Espíritu Santo" como un elemento de la experiencia cristiana.

    Cristo mismo se refirió a la santificación mediante la palabra de Dios cuando oró al Padre por sus discípulos: Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad (Juan 17:17).

    Aquí vemos que la santificación viene por la palabra de Dios.

    Asimismo Cristo se refiere a la santificación por el altar, cuando dijo a los fariseos: ¡Necios y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda? (Mateo 23:19).

    Cristo respalda lo que ya se había enseñado en el Antiguo Testamento: que la ofrenda que se ofrecía en sacrificio a Dios era santificada, hecha sagrada, apartada, al ser colocada sobre el altar de Dios. En el Nuevo Testamento, como veremos, se cambia la naturaleza de la ofrenda y del altar, pero el principio permanece invariable que es "el altar el que santifica la ofrenda."

    En Hebreos 10:29 se habla de la santificación por la sangre de Cristo. El autor examina el caso del apóstata: la persona que ha conocido todas las bendiciones de la salvación pero deliberada y abiertamente rechaza al Salvador. Respecto de tal persona pregunta: ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?

    El pasaje demuestra que el verdadero creyente que persevera en la fe es santificado por la sangre del nuevo pacto, que él ha aceptado; la propia sangre de Cristo.

    Cristo mismo se refiere a la santificación por la fe, según lo cita Pablo cuando relaciona la comisión que ha recibido de él para predicar el evangelio a los gentiles: Para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados (Hechos 26:18).

    Aquí vemos que la santificación es mediante la fe en Cristo. Recapitulando estos pasajes, llegamos a esta conclusión: La santificación, de acuerdo con el Nuevo Testamento, viene por cinco grandes medios o agentes: 1) el Espíritu Santo, 2) la verdad de la palabra de Dios, 3) el altar del sacrificio, 4) la sangre de Cristo, y 5) la fe en Cristo.

    El proceso revelado puede resumirse como sigue: El Espíiritu Santo inicia la obra de santificación en el corazón y la mente de cada uno de los que Dios ha escogido en sus propósitos eternos. Conforme el corazón y la mente reciben la verdad de la palabra de Dios, el Espíritu Santo habla, revela el altar del sacrificio, separa al creyente de todo lo que lo aparta de Dios y lo lleva a someterse y consagrarse sobre el altar. Allí el creyente es santificado y apartado para Dios, tanto por el contacto con el altar como por el poder limpiado y purificador de la sangre que ha sido derramada sobre el altar.

    Sin embargo, lo que decide hasta qué punto cada uno de estos cuatro agentes santificadores – el Espíritu, la palabra, el altar y la sangre – logra completar su obra santificadora en cada creyente, es el quinto factor en el proceso; es decir, la fe individual de cada creyente. En la obra de santificación, Dios no viola la mayor ley que rige todas las obras de su gracia en cada creyente: la ley de la fe. Ve, y como creíste, te sea hecho (Mateo 8:13).

    Examinemos ahora un poco más de cerca el papel desempeñado por la palabra de Dios en este proceso de santificación. Primero debemos observar que hay dos aspectos para la santificación: uno es negativo y el otro positivo. El aspecto negativo consiste en mantenerse apartado del pecado y del mundo, y de todo lo que es sucio e impuro. El aspecto positivo en ser hecho copartícipe de la naturaleza santa de Dios.

    En muchas prédicas, sobre éste y otros temas relacionados, hay una tendencia general a insistir demasiado en el aspecto negativo a expensas del positivo. Como cristianos tendemos a hablar mucho más acerca de "lo que no se debe hacer" según la palabra de Dios, que acerca de "lo que se debe hacer." Por ejemplo, en Efesios 5:18 por lo regular insistimos mucho más en el negativo no os embriaguéis con vino, que en el positivo sed llenos del Espíritu. Pero esta forma de presentar la palabra de Dios es inexacta y poco satisfactoria.

    Con respecto a la santidad, las Escrituras dejan bien claro que es mucho más que una actitud de abstenerse del pecado y de la inmundicia. Por ejemplo, en Hebreos 12:10 se nos dice que Dios, nuestro Padre celestial, disciplina a sus hijos para beneficio de ellos, para que podamos ser copartícipes de su santidad. También en 1 Pedro 1:15-16 leemos: Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.

    Vemos que la santidad es una parte de la naturaleza eterna e inmutable de Dios. El era santo antes que el pecado entrara siquiera en el universo, y seguirá siendo santo cuando el pecado sea expulsado otra vez para siempre. Nosotros, el pueblo de dios, seremos copartícipes de esta parte de su naturaleza eterna. El apartarse del pecado, igual que la limpieza del pecado, es una fase de este proceso, pero no es todo el proceso. El resultado final y positivo que Dios desea en nosotros va mucho más allá, de la limpieza y la separación del pecado.

    La palabra de Dios desempeña su parte, tanto en el aspecto negativo como en el positivo de la santificación. En Romanos 12:1-2 Pablo describe el aspecto negativo: Hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es buestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

    Hay cuatro etapas sucesivas en el proceso que Pablo describe aquí:

   1. Presentar nuestro cuerpos en sacrificio vivo sobre el altar de Dios. Ya hemos visto que el altar santifica lo que se presenta sobre él.

    2. No conformarse a este mundo; apartarse de su vanidad y su pecado.

    3. Transformarse mediante la renovación de la mente: aprender a pensar en términos y valores totalmente nuevos.

    4. Llegar a conocer la voluntad de Dios para nuestra vida. Esta revelación de la voluntad de Dios se concede sólo a la mente renovada. La antigua mente carnal jamás podrá conocer o comprender la perfecta voluntad de Dios.

   Es ahí, en la renovación de la mente, donde se siente la influencia de la palabra de Dios. Conforme leemos, estudiamos y meditamos en la palabra de Dios, ésta cambia todo nuestro modo de pensar. Nos limpia con su baño interno, al mismo tiempo que nos aparta de todo lo que es sucio y malvado. Aprendemos a pensar acerca de las cosas – a evaluarlas, a juzgarlas – como Dios piensa de ellas.

    Al aprender a pensar distinto, por necesidad también actuamos de un modo diferente. Nuestra vida externa cambian en armonía con nuestro nuevo proceso mental interior. No nos conformamos a este mundo, porque ya no pensamos como el mundo. Somos transformados por la renovación de nuestra mente.

    Ahora bien, no conformarse al mundo es sólo la parte negativa. No es una meta positiva en sí: Si no hemos de conformarnos al mundo, ¿a qué entonces debemos ser conformados? La respuesta de Pablo es clara: Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29).

    Aquí está el fin positivo de la santificación: ser conformados a la imagen de Cristo. No es suficiente que no nos conformemos al mundo; que no pensemos ni digamos ni hagamos las cosas que el mundo piensa, dice o hace. Eso es sólo lo negativo. A cambio de todo esto, debemos ser conformados a Cristo: tenemos que pensar y decir y hacer las cosas que Cristo pensaría, diría y haría.

    Pablo descarta la santidad en su aspecto negativo como absolutamente insuficiente: Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? (Colosenses 2:20-22).

    La verdadera santificación va mucho más allá de esta actitud estéril, legalista y negativa. Es una conformación positiva a la imagen de Cristo mismo; una participación positiva en la santidad personal de Dios.

    Pedro resume este aspecto positivo de la santificación y de la función que desempeña en ella la palabra de Dios: Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder [el de Dios], mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia (2 Pedro 1:3-4).

    Hay tres puntos principales que observar aquí:

    1. El poder de Dios ya nos ha proporcionado todo lo que necesitamos para la vida y la piedad. La provisión ya fue hecha. No necesitamos pedirle a Dios que nos dé más de lo que ya nos ha dado. Necesitamos únicamente aprovecharnos de la plenitud de lo que el Señor ya proveyó.

    2. Dios nos da esta provisión completa en las preciosas y grandísimas promesas de su palabra. Las promesas de Dios ya contienen en sí todo lo que lleguemos a necesitar para la vida y la piedad. Todo lo que nos resta hacer ahora es apropiarnos de estas promesas y aplicarlas activamente mediante nuestra fe personal.

    3. El resultado de apropiarse y aplicar las promesas de Dios es doble, es negativo y es positivo. En su aspecto negativo, escapamos de la corrupción que está en el mundo a causa de la concupiscencia; en su aspecto positivo, nos hace participantes de la naturaleza divina. He aquí el proceso completo de la santificación que hemos descrito: tanto el escape negativo de la corrupción del mundo, como la participación positiva de la naturaleza de Dios, de su propia santidad.

   Todo esto – lo negativo y lo positivo – está a nuestra disposición a través de las promesas de la palabra de Dios. En la medida en que nos apropiemos de las promesas de la palabra de Dios y las apliquemos, experimentaremos la verdadera santificación bíblica.

    Jacob soñó una vez con una escalera que llegaba desde la tierra al cielo. Para el cristiano, la contraparte de esta escalera se encuentra en la palabra de Dios. Está apoyada en la tierra, pero su extremo alcanza hasta el cielo: el plano donde está Dios. Cada peldaño de esa escalera es una promesa. Cuando asentamos los pies en las promesas de la palabra de Dios y nos agarramos de ellas con las manos de la fe salimos por medio de ellas fuera del ámbito terrenal y nos acercamos al celestial. Cada promesa de la palabra de Dios, cuando la reclamamos, nos levanta un poco más, por encima de la corrupción de la tierra y nos imparte una medida más de la naturaleza de Dios.

    La santificación se obtiene por la fe. Pero esa fe no es sólo negativa o pasiva. La fe que santifica en realidad consiste de una apropiación y aplicación activas y continuas de las promesas de la Palabra de Dios. Por eso Jesús oró al Padre: Santifícalos en Tu Verdad; Tu Palabra es Verdad (Juan 17:17).

    Tomado de EL MANUAL DEL CRISTIANO LLENO, DEL ESPIRITU por Derek Prince. Usado con permiso de Derek Prince Ministries--International.

__________________________________________________