Le Fe Debe Ser Probada
 
Por Derek Prince

    Hemos visto que la fe debe de ser confesada con boca y debe de ser operada con obras. Ahora vamos al tercer "deber". Este es uno que generalmente no queremos afrontar. Sin embargo, no podemos ignorarlo. La fe debe de ser probada.

Regocijo en tribulación

    En Romanos 5:1-11, hablando de nuestra relación de fe con Dios a través de Cristo, Pablo usa la palabra "gloriarse" tres veces. Esta es una palabra muy fuerte que denota una confianza que actualmente nos hace alardearnos.

    En el versículo 2 Pablo dice: "nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios". Esto no es difícil de comprender. Si verdaderamente creemos que ahora somos herederos de la gloria de Dios y de que vamos a compartirla con El por toda la eternidad, es natural el sentir y expresar regocijo y alegría con anticipación.

    Pero en el versículo 3 Pablo usa exactamente la misma palabra nuevamente cuando dice: "Y no sólo esto, mas aun nos gloriamos en las tribulaciones." A primera vista esto parece ridículo. ¿Quién puede imaginar exaltarnos en tribulaciones – en dificultades, persecución, soledad y malentendimientos—, o en la pobreza, enfermedad y privaciones? ¿Cómo puede Pablo sugerir, o Dios esperar, que debemos alegrarnos de cosas como éstas?

    Afortunadamente, Pablo nos da una razón, pues continúa: "sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado" (versículos 3-5). Para abreviar la respuesta de Pablo, la razón para regocijarnos en la tribulación es que, cuando es recibida de Dios y permanecemos en fe, produce resultados en nuestro carácter, los cuales no pueden ser producidos de ninguna otra forma.

    Al analizar la respuesta de pablo detalladamente, hallamos que él enumera cuatro etapas sucesivas en el desarrollo del carácter que resulta de entrentarnos a las pruebas de tribulación. Estas son:

    Primera, perseverancia. Una traducción alternativa sería resistencia. Este es un aspecto esencial del carácter cristiano. Sin él no podemos entrar dentro de muchas de las bendiciones y provisión de Dios para nosotros.

    Segunda, carácter probado. La palabra griega traducida es dokime. Algunas traducciones alternativas dadas en otras versiones son: "poder de carácter", "carácter maduro", "aprobados de Dios", y "prueba de que hemos pasado la prueba". La palabra está cercanamente relacionada con el metal que ha podido resistir la prueba severa – un cuadro al que regresaremos más tarde.

    Tercera, esperanza. J.B. Phillips nos da su rendición con "una esperanza firme". Esto no es simplemente un sueño, o una ilusión, o pensamientos ideales que son un escape de la realidad. La esperanza de esta clase es fuerte, serena, confidente expectativa del bien –bien que últimamente resultará del proceso de probar.

    Cuarta, el amor de Dios derramado sobre nuestros corazones, el cual, lejos de ser una decepción, sobrepasa cualquier esperanza que hubiéramos podido imaginarnos. Así que el objetivo final de Dios al intervenir en nuestro carácter es el de llevarnos a la alegría de Su divino amor.

    Continuando en el versículo 11, llegamos al tercer uso de la palabra gloria: "Y no sólo esto, mas aun nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo…" Aquí nuevamente tenemos un objetivo divino. Dios no está satisfecho de que nuestro gozo o confidencia deba descansar solamente en lo que El ha hecho por nosotros, no importa cuál magníficas sean Sus bendiciones, Sus dones y Su provisión. El objeto de Dios es el de que debemos hallar nuestra suprema y más alta satisfacción solamente en El. Sin el proceso de desarrollo de carácter antes descrito, esto no sería posible. Es una marca segura de espiritualidad cuando el mismo Dios, y solamente El, llega a ser tanto el motivo de nuestro más profundo regocijo como el objeto único de suprema devoción.

    Es interesante comparar las enseñanzas de Pablo aquí en el capítulo 5 de Romanos con las del capítulo 13 de 1.ª Corintios, el famoso capítulo del amor divino. En Romanos, Pablo nos muestra que la manera de entrar en el completo amor divino es con perseverancia o resistencia. En 1.ª Corintios 13:7 éste lo descibe de la siguiente manera: Nos dice que el amor es la única fuerza suficientemente poderosa para resistir toda prueba: "el amor…todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta". Así forma la Escritura una unión que no puede ser rota entre el amor y la resistencia.

    Nuevamente, en Romanos capítulo 5, Pablo presenta fe, esperanza y caridad (amor) como las tres fases sucesivas de la experiencia cristiana: la fe lleva a la esperanza, y la esperanza lleva al amor. En 1.ª Corintios 3:13 éste presenta las mismas tres cualidades en el orden citado, pero añade que, aunque cada una es de valor permanente, el amor (la caridad) es la mayor de ellas: "Y ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad, estas tres; empero, la mayor de ellas es la caridad." Al contemplar estas tres bellas cualidades en el espejo de la palabra de Dios, debemos mantener los ojos de nuestro corazón fijados en ellas hasta que lleguen a ser una parte firme de nuestro carácter. De esta manera, la verdad de 2.ª Corintios 3:18 es obrada en nuestra experiencia: "Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, como por el Espíritu del Señor." "De gloria en gloria" significa, al menos en parte, de fe a esperanza, y de esperanza a amor (caridad).

    Santiago, en su epístola, capítulo 1, versículos 2-4, expone la misma norma de fe desarrollada por pruebas: "Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando cayereis en diversas tentaciones, sabiendo que la prueba de vuestra fe obra paciencia. Mas tenga la paciencia perfecta su obra, para que seáis perfectos y cabales, sin faltar en cosa alguna."

    Pablo nos dice que debemos gloriarnos en la tribulación. Santiago nos dice que debemos tener gozo. Cada una es contraria a nuestro modo de pensar, pero cada una tiene la misma razón: pruebas – y solamente pruebas—pueden producir paciencia, y la paciencia es la única forma por la cual podemos entrar en la plenitud de la voluntad de Dios para con nosotros. Santiago lo expresa diciendo: "para que seáis perfectos y completos, sin falta alguna". Con un fin como éste a la vista, tenemos una razón lógica para aceptar las pruebas de nuestra fe con regocijo.

Probado por fuego

    Igual que Pablo y Santiago, Pedro también nos previene de las pruebas que deben suceder a nuestra fe. En 1.ª Pedro 1:5 éste describe a los cristianos como aquellos que "son guardados en la virtud de Dios por fe, para alcanzar la salvación que está lista para ser revelada en la última época". El enfatiza que es únicamente por fe que el poder de Dios puede obrar efectivamente en nuestras vidas; por lo tanto, la fe continua es un requisito esencial para participar en la plena y final revelación de Dios. Luego, en los dos siguientes versículos describe cómo nuestra fe será probada: "En lo cual (i.e. la expectativa de salvación) vosotros os alegráis, aunque en el presente estando un poco afligidos en diversas tentaciones, si es necesario, para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual perece, bien que sea probado con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando Jesucristo fuese manifestado."

    Pedro, aquí, compara la prueba de nuestra fe a la forma en que, en esos tiempos, el oro era probado y purificado por fuego en el horno. Regresa al mismo tema en 1.ª Pedro 4:12-13: "Carísimos, no os maravilléis cuando sois examinados por fuego, lo cual se hace para vuestra prueba, como si alguna cosa peregrina os aconteciese, antes bien, gozaos en que sois participantes de las aflicciones de Cristo."

    Al comienzo, el pasar "por el fuego" podemos interpretarlo como "algo extraño", algo que no pertenece a la vida del cristiano. Pero Pedro nos asegura que, al contrario, pruebas de esta clase son partes necesarias de esta vida, esenciales para la perfección de nuestra fe, de igual manera que el fuego era esencial para la purificación del oro. Por lo cual nos exhorta a "regocijarnos". De nuevo hallamos en las enseñanzas de Pedro, como lo hicimos en las de Pablo y Santiago, la aparente paradoja de intensa prueba asociada con intensa alegría.

    En Malaquías 3:2-3 el profeta pinta un vívido cuadro de Jesús, como el esperado Mesías, viniendo a Su pueblo y tratando con ellos como un refinador trata el oro y la plata: "’Y quién podrá sufrir el tiempo de Su venida?, ¿o quién podrá estar cuando El se mostrará? Porque El es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. Y sentarse ha para afirmar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y ofrecerán a Jehová ofrenda como justicia.’"

    En el proceso de purificar el oro y la plata, el refinador de aquellas épocas suspendía el metal en un saldero sobre el fuego más caliente que pudiese producir. Generalmente hacía el fuego en un horno de barro y usaba fuelles para avivar la llama. Al hervir el metal en la olla, la "mugre" – es decir, las impurezas varias—era forzada a flotar en la superficie y aquí eran removidas por el refinador (véase Proverbios 25:4). Este proceso continuaba hasta que toda impureza era removida y nada más quedaba el metal puro y refinado.

    Ha sido dicho que el refinador, inclinado sobre la olla de metal, no estaba satisfecho de su completa pureza hasta que no podía ver su imagen reflejada sobre la superficie. De igual manera, el Señor es nuestro refinador y continúa aplicando los fuegos de prueba en nosotros hasta que El puede ver Su imagen reflejada sin distorsión alguna en nuestras vidas.

    Problemas y aflicciones son las pruebas por las cuales Dios refina y purifica a Su pueblo hasta que éstos satisfacen los requisitos de Su santidad. Varios profetas del Antiguo Testamento aplican este cuadro muy bellamente al residuo de Israel que está destinado a sobrevivir los juicios de Dios y ser restaurador a su favor. Por ejemplo, en Isaías 48:10 les dice: "‘He aquí te he purificado, y no como a plata; te he escogido en horno de aflicción.’" Nuevamente en Zacarías 13:9: "‘Y meteré en el fuego a la tercera parte, y los fundiré como se funde la plata, y los probaré como se prueba el oro. Ellos invocarán mi nombre, y yo les oiré, y diré: "Pueblo mío"; y ellos dirán: "JEHOVA es mi Dios".’"

    Los metales que pasan la prueba del fuego son llamados "refinados". Solamente éstos son reconocidos como valiosos. Metales que fallan la prueba son "rechazados". En Jeremías 6:30 Israel es llamado "plata desechada", porque los severos juicios de Dios no habían podido purificarlos.

    En el Nuevo Testamento, Pedro, Santiago y Pablo, todos de igual manera enfatizan que en las pruebas por las cuales pasamos es específicamente nuestra fe la que es probada. Este es el metal de gran valor que no puede ser aceptado hasta no pasar por la prueba de fuego. En la última cena, Jesús avisó a Pedro que éste había de negarlo; y en el contexto le dijo: "Mas yo he rogado por ti que tu fe no falte…" (Lucas 22:32). En vista de las presiones venideras y las debilidades en el carácter de Pedro, su falla en la hora de crisis era inevitable. Nada podía prevenirlo. Mas, aun así, no todo se perdería. El medio quedaría abierto para que éste regresara y confesase a su Señor, una vez más, sobre la condición de que su fe no le faltase.

    Lo mismo es válido para cada uno de nosotros. Han de venir épocas de presión que parecerán inaguantables. Puede ser que, como Pedro, cedamos y fallemos temporalmente. ¡Mas no todo está perdido! Hay un medio de regresar, con una condición: que nuestra fe no falte. Con razón la fe es llamada "preciosa" –infinitamente más que su equivalente material, el "oro que perece". Mientras no abandonemos nuestra fe bajo presión, podremos repetir las palabras de Job en su hora de prueba y aparente desastre: "Mas El conoció mi camino; me probará y saldré como oro" (Job 23:10).

Dos clases de pruebas

    La parábola del sembrador, relatada en Mateo 13:3-8, 18-23, describe la respuesta de cuatro diferentes clases de personas al mensaje de la palabra de Dios. La semilla que cayó junto al camino representa a aquellos que nunca recibieron el mensaje dentro de su corazón. La semilla que cayó en buena tierra representa a aquellos que recibieron el mensaje en sus corazones y, a su debido tiempo, por fe y obediencia trajeron fruto. Pero dentro de esos dos grupos Jesús describe dos clases más de personas –representadas por la semilla que cae en pedregales y otra que cae en espinas. Gentes de estos dos grupos recibieron el mensaje en sus corazones, pero más tarde no pudieron alcanzar las condiciones para producir bueno y duradero fruto. Podemos decir de estos grupos que fallaron las pruebas a las cuales fueron sometidos después de recibir inicialmente la palabra de Dios.

    ¿Qué clase de pruebas están representadas por cada uno de estos dos grupos? Veamos primero a la semilla que cayó en el pedregal. En Mateo 13:20-21 Jesús dice de esta clase de persona: "‘Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra de Dios, y luego la recibe con gozo; mas no tiene raíz en sí, antes es temporal, y que venida la aflicción o la persecución por la palabra, luego se ofende.’"

    Las exactas palabras que Jesús dice aquí son muy significativas. El no dice "si aflicción o persecución viene…", sino "cuando aflicción o persecución viene". En otras palabras, aflicción y persecución han de venir seguramente, ya sea ahora o más tarde, a cualquiera que recibe la palabra de Dios. La pregunta para cada uno de nosotros no es si hemos de tener que afrontar estas cosas, sino la de que si nuestro carácter ha sido formado de manera que podamos salir victoriosos, con nuestra fe intacta. Por esto debemos permitir que la palabra de Dios penetre en lo más profundo de nuestros corazones, trayendo todo de acuerdo con su voluntad. No debe de haber "pedregales" dentro de nosotros que nos fuercen a resistir la aplicación de la Palabra en toda área de nuestras vidas.

    ¿Y acerca de la semilla que cayó entre espinas, qué? En Mateo 13:22 Jesús dice de este tipo de persona: "Y el que fue sembrado en espinas, éste es el que oye la palabra; pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas, ahogan la palabra y hácese infructuosa."

    La prueba que elimina a gente de este grupo no es aflicción o persecución. Al contrario, es justamente lo opuesto: riquezas y cuidados mundanos. Las presiones de popularidad humana y el suceso materialista ahogan la palabra de Dios que éstos han recibido, hasta que al final no surte efecto en sus vidas. En vez de ser transformados en la semejanza de Cristo, se conforman al mundo incrédulo, rechazador de Cristo, que los rodea.

    Simplemente, podemos decir que estos dos grupos representan las dos clases de pruebas a las cuales el cristiano será sujeto. La primera prueba viene cuando las cosas están muy difíciles. La segunda prueba viene cuando las cosas están fáciles. Algunos ceden bajo la presión de persecución; otros ceden bajo la presión del suceso materialista. En el libro de Proverbios hay una frase que se aplica a cada clase de persona. De los que ceden bajo persecución, Salomón dice: "Si fueres flojo en el día de trabajo, tu fuerza será reducida" (Proverbios 24:10). Respecto a los que no pueden con el suceso, Salomón dice: "Porque el reposo de los ignorantes los matará, y la prosperidad de los necios los echará a perder" (Proverbios 1:32). Trágicamente, Salomón pertenecía a esta categoría. A pesar de toda la sabiduría que Dios le dio, al final su prosperidad le hizo un necio y lo destruyó.

    Al contrario, vemos a Moisés como un hombre que sobrepasó ambas pruebas. Por cuarenta años gozó de riquezas y lujos en la corte egipcia, siendo el probable heredero al trono de Faraón. Mas luego, cuando llegó a la madurez, volvió su espalda a esa escena y escogió el camino de solitud y aparente falla. Esto es vívidamente descrito en Hebreos 11:24-25: "Por fe, Moisés, hecho ya mayor, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser afligido con el pueblo de Dios, que gozar de comodidades temporales de pecado."

    Durante los siguientes cuarenta años Moisés sufrió la prueba de aflicción. Fue exiliado de su propio pueblo, una persona sin identidad a los ojos del mundo, cuidando un rebaño de ovejas para su suegro en el lugar más lejano de un desolado desierto.

    Mas cuando Moisés, finalmente, pasó ambas pruebas, a la edad de ochenta años surgió como el liberador escogido por Dios para Su pueblo. Qué contraste tan ejemplar el de las palabras ya mencionadas de Santiago 1:4: "‘Mas tenga la paciencia perfecta su obra, para que seáis perfectos y completos, sin faltar en alguna cosa.’"

Los dos impostores

    En su famoso poema titulado "Si", Rudyard Kipling dice algo verdaderamente penetrante con respecto al suceso y el fracaso:

Si puedes encontrarte con el 
Triunfo y el Desastre 
Y tratar con ambos impostores
de igual manera….

    Ya sea que los llamemos suceso o fracaso, o triunfo o desastre, la descripción de Kipling es correcta –ambos son impostores. Ninguno de los dos es lo que parece ser; ninguno es permanente.

    Afortunadamente, nos ha sido dado un ejemplo perfecto de cómo tratar con ambos impostores. Nadie pudo haberlos afrontado más plemamente o ser expuesto a sus pretenciosos reclamos más efectivamente que el mismo Jesucristo. El experimentó momentos de sucesos incomparables, como cuando toda la multitud echaba sus vestiduras en el camino ante El y lo recibieron como el profeta de Dios en Jerusalén. Asimismo experimentó momentos de completo fracaso, como cuando una semana más tarde la misma multitud clamaba: "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!", mientras que todos Sus cercanos amigos y discípulos le abandonaron. Más aún, así Jesús nunca se exaltó por el suceso o se sintió humillado por el fracaso. A través de ambos igualmente, El fue movido por un motivo supremo –el hacer la voluntad de Su Padre y terminar la obra que El le había encomendado. Ese motivo, seguido sin desvío, lo llevó victorioso a través de ambas clases de pruebas –suceso y fracaso igualmente.

    En Hebreos 12:1-2 el escritor nos reta con el registro del Antiguo Testamento de creyentes cuya fe sobrepasó toda clase de prueba, y luego pone a Jesús ante nuestros ojos como el modelo final y perfecto de durabilidad y victoria máximas: "Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro una tan grande nube de testigos, dejando todo el peso del pecado que nos rodea, corramos con paciencia la carrera que nos es propuesta, puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, en Jesús, el cual, habiéndole sido propuesto gozo, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza, y sentóse a la diestra del trono de Dios."

    Al seguir esta exhortación y hacer de Jesús nuestro modelo, descubrimos que El es en verdad "el autor y consumador de la fe". El que por su gracia comenzó la obra en cada uno de nosotros, ha de completar Su obra de la misma forma. Su victoria llega a ser nuestra garantía. Todo lo que pide es que mantengamos nuestros ojos en Cristo.

Sumario

    La Escritura nos previene claramente que nuestra fe ha de estar sujeta a serveras pruebas. Estas son necesarias para probar su germinición y para desarrollar un fuerte carácter cristiano un nosotros.

    Pablo nos enumera cuatro resultados de cada prueba: primera, perseverancia (durabilidad); segunda, carácter probado; tercera, esperanza (una fuerte y serena confianza en la esperanza del bien); cuarta, el amor de Dios llenando nuestros corazones. Finalmente, la prueba nos lleva a una relación con Dios en donde no encontramos nuestra máxima satisfacción en nada ni en nadie, sino en El.

    Santiago y Pedro, de igual manera, nos enseñan que la tribulación es parte necesaria de nuestra experiencia total cristiana. Pedro compara las pruebas que encontramos al fuego usado por el refinador para purificar el oro y darle el más alto valor posible, una figura que es también aplicada en el Antiguo Testamento por profetas de Dios en su trato con Israel.

    Pablo, Santiago Y Pedro, todos de igual manera, nos aseguran enfáticamente que una vez que comprednamos el motivo de nuestras tribulaciones las abrazaremos con alegría. Aun si fallamos temporalmente bajo una fuerte presión, no debemos renunciar a nuestra fe.

    Las pruebas toman dos clases de formas: la primera, cuando las cosas se ponen difíciles; la segunda, cuando las cosas se ponen fáciles. Moisés es un ejemplo de un hombre que sufrió ambas clases de pruebas y, finalmente, emergió como el líder escogido de su pueblo por Dios. Sin embargo, el ejemplo supremo de cómo trató con el suceso y el fracaso es el mismo Jesucristo. Al seguir Su ejemplo, El lleva nuestra fe a completa madurez.

    Tomado de FE POR LA CUAL VIVIR por Derek Prince. Usado con permiso de Derek Prince Ministries—International.

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