La fe y las obras
 
Por Derek Prince

    La relación entre la fe y las obras es un tema importante al que se refiere el Nuevo Testamento en muchos pasajes diferentes. Sin embargo, acerca del que muy poco se enseña en la mayoría de los círculos cristianos hoy. Como resultado, muchos buenos cristianos permanecen en confusión o en parcial atadura, a mitad del camino entre la ley y la gracia. También, debido a la ignorancia en este punto, no pocos cristianos se extravían con falsas enseñanzas que insisten que no es bíblico guardar cierto día en particular o comer ciertos alimentos u otros asuntos similares de la ley.

    ¿Qué queremos decir por fe o por obras? Por fe queremos decir "lo que creemos", y por obras "lo que hacemos".

    Podemos expresar la relación entre la fe y las obras, según la enseña el Nuevo Testamento, por medio de una comparación sencilla: La fe no se basa en las obras, pero las obras son el fruto de la fe. En otras palabras: Lo que creemos no se basa en lo que hacemos, pero lo que hacemos es el resultado de la que creemos.

La salvación exclusivamente por la fe

    Empecemos considerando la primera parte de esta declaración: La fe no se basa en la obras; lo que creemos no se basa en lo que hacemos. Todo el Nuevo Testamento de testimonio consecuente con esta verdad vital. Este hecho está respaldado por el relato de los momentos finales de la pasión de Jesús en la cruz: "Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: ‘Consumado es.’ Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu" (Juan 19:30).

    La palabra griega traducida Consumado es es el término más fuerte que pudiera usarse. Es el tiempo perfecto de un verbo que de por sí significa hacer algo a la perfección. Quizás pudiéramos expresarlo traduciendo: "Está completamente terminado." Nada en absoluto queda por hacer.

    Todo lo que jamás hubiera precisado para pagar el castigo de los pecados de los hombres y para comprar la salvación de toda la humanidad, ya ha sido realizado por los sufrimientos y la muerte de Cristo en la cruz. Sugerir que un hombre pudiera alguna vez necesitar hacer algo más de lo que Cristo ya ha hecho, sería repudiar el testimonio de la palabra de Dios y desacreditar la eficacia de la expiación de Cristo.

    Bajo esta luz, cualquier intento del hombre de ganar la salvación por medio de sus buenas obras es, en efecto, un insulto para Dios Padre y para Dios Hijo. Lleva en sí la implicación de que la obra de expiación y salvación, planeada por el Padre y llevada a cabo por el Hijo, es, en algún sentido, inapropiada o está incompleta. Esto es contrario al testimonio unánime de todo el Nuevo Testamento.

    Pablo continúa e insistentemente enseña esto. Por ejemplo, en Romanos 4:4-5 dice: "Pero al que obra no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia."

    Observemos la frase "al que no obra, sino cree". A fin de obtener la salvación por fe, lo primero que todo hombre tiene que hacer es dejar de "obrar"; dejar de tratar de ganarse la salvación. La salvación viene únicamente a través de la fe, sin hacer nada más que creer. En tanto que una persona trate de hacer cualquier cosa para salvarse, no puede alcanzar la salvación de Dios que se recibe solamente por fe.

    Este fue el gran error que cometió Israel, tal como Pablo – él mismo un israelita – explica: "Mas Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó. ¿Por qué? Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras" (Romanos 9:31-32).

    Y una vez más Pablo se refiere a Israel: "Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios" (Romanos 10:3).

    ¿Por qué no alcanzó Israel la salvación que Dios había preparado para ellos? Pablo da dos razones, estrechamente relacionadas entre sí: 1) "porque iban tras ella no por fe, sino como por obras" y 2) "procuraron establecer su propia justicia."

    En otras palabras, trataron de ganarse la salvación con algo que ellos mismos hicieran en su propia justicia. Por consecuencia, los que hicieron esto, nunca alcanzaron la salvación de Dios.

    El mismo error en que cayó Israel en tiempos de Pablo, lo están cometiendo hoy millones de cristianos practicantes alrededor del mundo.

    Hay incontables personas sinceras y bien intencionadas en iglesias cristianas por todas partes, que creen que tienen que hacer algo para ayudar a ganar su salvación. Se consagran a cosas como orar, hacer penitencia, ayunar, hacer obras de caridad, abstinencia, cuidadosa observancia de las reglas de la iglesia, ¡pero todo en vano! Jamás obtienen la verdadera paz del corazón ni la seguridad de la salvación porque – como el Israel de la antigüedad – no la buscan por la fe, sino por las obras.

    Semejantes personas procuran establecer su propia justicia, y de esta manera no llegan a someterse a la justicia de Dios, que es sólo por la fe en Cristo.

    Pablo persiste en la misma verdad cuando dice a los creyentes cristianos: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe" (Efesios 2:8-9).

    Observemos el tiempo verbal que usa Pablo: Por gracia [ya] sois salvos. Esto prueba que es posible ser salvo en esta vida presente y saberlo. La salvación no es algo que tengamos que esperar hasta la vida venidera. Posemos ser salvos aquí y ahora.

    ¿Cómo puede recibirse esta seguridad presente de la salvación. Es el don de la gracia de Dios; es decir, un favor gratuito e inmerecido hacia el pecador y el inmerecedor. Este don se recibe por medio de la fe…no por obras, para que nadie se gloríe. Si al hombre le fuera posible hacer cualquier cosa para ganarse su propia salvación, entonces podría jactarse de lo que él ha hecho por sí mismo. No debería su salvación por completo a Dios, sino, en parte al menos, a sus propias buenas obras, a sus propios esfuerzos. Mas cuando el hombre recibe la salvación como un don gratuito de Dios, sencillamente por la fe, no tiene nada de qué alardear: "¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley" (Romanos 3:27-28).

    En Romanos 6:23 Pablo presenta otra vez el contraste absoluto entre lo que ganamos por nuestras obras y lo que recibimos únicamente por fe porque dice: "Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro."

    Establece un contraste deliberado entre las dos palabras paga y dádiva. El término paga denota lo que hemos ganado por lo que hemos hecho. Por otro lado, el vocablo traducido dávida – en griego carisma – está relacionado directamente con la palabra griega que significa "gracia", caris. Por lo tanto, el término denota explícitamente un don gratuito e inmerecido, de la gracia o favor de Dios.

    Así, cada uno de nosotros queda frente a una disyuntiva: por un lado, podemos escoger cobrar nuestra paga; la recompensa merecida por nuestras obras. Pero debido a que nuestras obras son pecaminosas y desagradables para Dios, la paga que merecemos es la muerte; no sólo la físca, sino también la expulsión eterna de la prresencia de Dios.

    Por otra parte, podemos escoger recibir por fe el don gratuito de Dios. Esta dávida es la vida eterna, y está en Jesucristo. Cuando lo recibimos como nuestro Salvador personal, en él recibimos el don de la vida eterna. "Nos salvó, [Dios] no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo" (Tito 3:5).

    Nada puede ser más claro que esto: Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia…Si deseamos la salvación, n unca la obtendremos en base a cualesquier obras de justicia que podamos haber hecho, sino únicamente en base a la misericordia de Dios. Nuestras obras deben quedar excluidas primero, a fin de que podamos recibir la misericordia de Dios en la salvación.

    En la segunda parte de este mismo versículo Pablo nos habla de los cuatro hechos positivos acerca de la forma en que la salvación de Dios obra en nuetra vida: 1) es un lavamiento; somos limpiados de todos nuestros pecados; 2) es una regeneración; somos nacidos de nuevo, nos convertimos en hijos de Dios; 3) es una renovación; somos hechos nuevas criarturas en Cristo; 4) es del Espíritu Santo; es una obra del Espíritu de Dios realizada en nuestro corazón y en nuestra vida.

    Nada de esto puede ser el resultado de nuestras propias obras, sino que todo se recibe únicamente mediante la fe en Cristo.

La fe viva frente a la fe muerta

    Si la salvación no es por obras, sino sólo por fe, podremos naturalmente preguntar: Entonces, ¿qué parte desempeñan las obras en la vida del crreyente cristiano? Santiago da la respuesta más clara en el Nuevo Testamento:

    "Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Ed en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.

    Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por la obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó Dios, y le fue conttado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe.

    Asimismo también Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino? Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta" (2:14-26).

    En este pasaje Santiago da varios ejemplos para ilustrar la correspondencia entre la fe y las obras. Habla de un cristiano que despide a un hermano creyente, hambriento y desnudo, con palabras vacías de consuelo pero sin alimento o vestido. Habla de demonios que creen en la existencia de un verdadero Dios pero no tienen consuelo en su creencia, sólo miedo. Habla de Abraham que ofreció a su hijo Isaac, en sacrificio a Dios. Y habla de la ramera Rahab en Jericó, que recibió y protegió a los mensajeros de Josué.

    Sin embargo, en el último versículo, Santiago resume su enseñanza acerca de la correspondencia entre la fe y las obras por medio del ejemplo de la relación entre el cuerpo y el espíritu. Y dice: Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.

    Esta referencia al espíritu, con relación a la fe, proporciona la clave para comprender la operación de la fe en la vida del creyente.

    En el capítulo "La naturaleza de la fe" nos referíamos a las palabras de Pablo en 2 Corintios 4:13, "Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: ‘Creí, por lo cual hablé’, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos."

    Aquí Pablo establece que la verdadera fe bíblica es algo espiritual: es el espíritu de fe. Con esto podemos entender el ejemplo de Santiago acerca del cuerpo y el espíritu.

    En lo natural, mientras un hombre está vivo, su espíritu mora dentro de su cuerpo. Cada acto del cuerpo del hombre es una expresión de su espíritu dentro de él. Así, la verdadera existencia y carárcter del espíritu dentro de él, aunque sea invisible, se revela claramente a través del comportamiento y los actos.

    Cuando finalmente el espíritu abandona el cuerpo cesa de actuar y permanece inanimado. La inanimada inactividad del cuerpo indica que el espíritu ya no vive dentro de él.

    Así es con el espíritu de fe dentro del verdadero cristiano. Este espíritu de fe está vivo y activo. El trae la vida de Dios mismo, en Cristo, para vivir en el corazón del creyente.

    Esta vida de Dios dentro del creyente toma el control de toda su naturaleza: sus deseos, sus pensamientos, sus palabras, sus actos. El creyente empieza a pensar, hablar yu actuar de un modo enteramente nuevo: un modo que es totalmente diferente al de antes. Dice y hace cosas que no podía ni quería hacer antes que la vida de Dios viniera a él, a través de la fe, para tomar el control. Su n ueva manera de vivir – sus nuevas "obras", como las llama Santiago – es la evidencia y la expresión de la fe que mora dentro de su corazón.

    Pero si los actos externos no se manifiestan en la vida del hombre – si sus obras no concuerdan con la fe que profesa – esto prueba que no hay una fe verdadera viviendo dentro de él. Sin esta fe viviente, expresada en los actos correspondientes, su profesión – o confesión – no es mejor que un cuerpo muerto habiéndose ido el espíritu de él.

    Podemos examinar brevemente, en orden, los cuatro ejemplos que Santiago da y ver cómo cada uno ilustra este principio.

    Primero, Santiago habla del creyente que ve a un hermano cristiano desnudo y hambriento y le dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no le ofrece ni comida ni vestido.

    Es obvio que las palabras de este hombre no fueron sinceras. Si de veras hubiera deseado ver a la otra persona calentada y alimentada, le hubiese dado comida y vestido. El hecho de no hacerlo, indica que en realidad no le importaba. Sus palabras fueron una confesión vacía sin ninguna verdad interior. Así es cuando un cristiano confiesa la fe pero no actúa de acuerdo con esa fe. Semejante fe no tiene valor ni es sincera, está muerta.

    Segunda, Santiago hable de los demonios, que creen en un Dios verdadero, pero tiemblan. Estos demonios no tienen duda alguna de la existencia de Dios, pero tembién saben que son sus impenitentes enemigos, bajo la sentencia de su ira y de su juicio. Por consiguiente, su fe no les trae consuelo, sino sólo miedo.

    Esto nos demuestra que la verdadera fe bíblica siempre se expresa con sumisión y obediencia a Dios. La fe que sigue testaruda y desobediente, es fe muerta que no puede salvar de la ira y el juicio de Dios.

    Tercero, Santiago nos da el mismo ejemplo de fe que brinda Pablo en Romanos 4: el ejemplo de Abraham. Este le creyó a Dios, y le fue contado por justicia (Génesis 15:6).

    La fe viviente de la palabra de Dios vino al corazón de Abraham. De allí en adelante esta fe se expresó externamente en un continuo andar en sumisión y obediencia a Dios. Cada acto de obediencia que Abraham realizó, desarrollaba y fortalecía su fe y lo preparaba para el próximo acto.

    La prueba final de la fe de Abraham vino en Génesis 22, cuando Dios le pidió que le ofreciera a su hijo, Isaac, en sacrificio (ver también Hebreos 11): "Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; (…) pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos""(Hebreos 11:17-19).

    Para entonces, mediante el ejercicio continuo de la obediencia, la fe de Abraham se había desarrollado y fortalecido hasta el punto donde incluso él realmente creía que Dios podía resucitar a su hijo y restaurarlo a él. Esta fe en el corazón de Abraham tuvo su expresión externa en su perfecta buena voluntad de ofrecer a Isaac, y fue únicamente la intervención directa de Dios la que impidió que matara a su hijo.

    Con respecto a esto Santiago dice: "¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?" (Santiago 2:22).

    Por lo tanto, podemos resumir la experiencia de Abraham como sigue: Su andar con Dios empezó libremente en lo externo, en una vida de sumisión y obediencia. Cada acto de obediencia fortalecía y desarrollaba su fe y lo preparaba para la siguiente prueba. Finalmente, esta interrelación entre la fe y las obras en su vida lo llevó al clímax de su fe: al punto donde estuvo dispuesto incluso a ofrecer a Isaac.

    El cuarto ejemplo que da Santiago de la relación entre la fe y las obras es el de Rahab. La historia de Rahab se cuenta en los capítulos 2 y 6 del libro de Josué.

    Rahab era una mujer cananea pecadora de la ciudad de Jericó, condenada a la ira y juicio de Dios. Habiendo oído de la forma milagrosa en que Dios había sacado a Israel de Egipto, Rahab había llegado a creer que el Dis de Israel era el verdadero Dios y que él entregaría a Canaán y sus habitantes en manos de su pueblo Israel. Mas Rahab también creía que el Dios de Israel era lo suficientemente misericordioso y poderoso para salvarla a ella y a su familia. Esa era la fe que Rahab tenía en su corazón.

    Esta fe se expresó en dos cosas que hizo:

    Primero, cuando Josué envió dos hombres de su ejército en avanzada para infiltrarse en Jericó, Rahab los recibió en su casa, los escondió y les ayudó a escapar después. Con esto, Rahab arriesgó su propia vida.

    Más tarde, a fin de reclamar la protección de Dios sobre su hogar y familia, colgó un cordón de grana de su ventana para que su casa se distinguiera de todas las otras. La misma ventana por la que antes había ayudado a descender y escapar a los dos hombres.

    El resultado de estos dos actos, es que Rahab, su casa y su familia se salvaron de la destrucción que después coyó sobre todo el resto de Jericó. Si Rahab hubiese creído en el Dios de Israel secretamente en su corazón, pero no hubiera estado dispuesta a ejecutar estos actos decisivos, habría tenido una fe muerta que no hubiera podido salvarla del juicio que cayó sobre Jericó.

    La lección para nosotros los cristianos es doble: Primero, si profesamos fe en Cristo, debemos estar dispuestos a identificarnos activamente con la causa de Cristo y sus mensajeros, aun cuando eso pudiera significar un verdadero sacrificio personal, incluso hasta arriesgar o entregar nuestra propia vida. Segunda, tenemos que estar dispuestos a hacer una confesión abierta y definitiva de nuestra fe, que nos distinga de todos los incrédulos que nos rodean. El cordón de grana habla en particular de confesar abiertamente nuestra fe en la sangre de Cristo para la remisión y limpieza de nuestros pecados.

    Para un resumen final de la relación entre la fe y las obras, podemos volver una vez más a los escritos de Pablo: "Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Filipenses 2:12-13).

    Aquí la relación es muy clara. Primero, Dios produce en nosotros tanto en el querer como en el hacer. Entonces nosotros producimos con nuestras acciones, lo que primero Dios produjo en nosotros.

    Lo importante es comprender que la fe viene primero, y después las obras. Recibimos la salvación de Dios exclusivamente por la fe, sin obras. Una vez que hemos recibido la salvación de este modo, la fe surte efecto en nuestra vida produciendo obras. Si no nos ocupamos activamente en nuestra salvación de esta manera, después de haber creído, esto demuestra que la fe que decíamos tener no es más que fe muerta, y que no hemos experimentado en realidad la salvación.

    No recibimos la salvación por las obras, pero nuestras obras son la prueba de que nuestra fe es real y son el medio por el que se desarrolla nuestra fe. Unicamente la fe viva y verdadera puede constituir un cristiano vivo y verdadero.

    Tomado de El Manual Del Cristiano lleno del Espíritu por Derek Prince. Usado con permiso de Derek Prince Ministries--International.

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